El caso de Bosch vuelve a poner sobre la mesa una advertencia -la de la rentabilidad- que repiten como un mantra las asociaciones del sector, entre ellas Clepa, que advertía hace apenas un par de semanas que el 34% de los proveedores sigue operando en pérdidas o en el umbral del equilibrio, y solo un tercio espera alcanzar márgenes EBIT superiores al 5%, el nivel considerado mínimo para sostener inversión, innovación y transformación industrial.
Y es que facturar más no siempre es sinónimo de una mejor salud empresarial, como demuestran los resultados de 2025 difundidos por Bosch. El proveedor alemán cerró el pasado ejercicio con un ligero crecimiento de ingresos, hasta los 91.000 millones de euros -fueron 90.300 en 2024-, pero con un deterioro significativo de su rentabilidad, que ha obligado a retrasar objetivos estratégicos y a profundizar en un importante ajuste de empleo.
En concreto, la rentabilidad operativa de Bosch se ha desplomado hasta alrededor del 2%, frente al 3,5% del ejercicio anterior. Un nivel claramente insuficiente para un grupo de su tamaño, que además se ha visto obligado a aplazar al menos hasta 2027 su objetivo de alcanzar un margen del 7%. El problema no está en la falta de actividad, sino en la incapacidad de transformar volumen en beneficio, una situación que se está generalizando entre los grandes proveedores europeos.
13.000 nuevos despidos
En el caso de Bosch, la división Mobility -principal generadora de ingresos, con unos 56.000 millones de euros- concentra buena parte de la presión. El propio grupo reconoce una brecha estructural de costes que ronda los 2.500 millones de euros anuales respecto al nivel de rentabilidad objetivo. A ello se suman factores externos como la debilidad del entorno económico europeo, el aumento de la presión competitiva y el impacto de los aranceles, además del efecto negativo de las divisas.
La respuesta ha sido contundente en términos laborales. Bosch ha anunciado 13.000 recortes de empleo adicionales, principalmente en la división Mobility. A estos ajustes se suman otros 9.000 puestos eliminados, en su mayoría en Alemania, donde el grupo está reduciendo de forma clara su peso industrial. La plantilla global se sitúa en torno a 412.400 empleados, con una caída especialmente significativa en su mercado de origen.
El ajuste no es solo una decisión coyuntural. Bosch ha provisionado cerca de 2.700 millones de euros para cubrir los costes asociados a las reestructuraciones, lo que refleja la magnitud del proceso. Aunque la compañía insiste en que los recortes se llevarán a cabo, en la medida de lo posible, de forma pactada, reconoce que en algunos centros no se podrán evitar medidas más traumáticas, lo que demuestra que la estructura de costes heredada ya no es sostenible con los márgenes actuales.
Este escenario conecta directamente con el debate que mantiene el sector en su conjunto. Clepa lleva tiempo alertando de que la industria europea del automóvil se encuentra atrapada entre el aumento de los costes -energéticos, laborales, regulatorios- y una presión creciente sobre los precios finales. Y los resultados en términos de empleo son evidentes: solo en 2024 y 2025, los proveedores europeos han recortado la friolera de 104.000 puestos de trabajo.
Inversiones, pero menos personal
Bosch, por su parte, insiste en mantener su hoja de ruta estratégica. El grupo sigue apostando por la movilidad definida por software, la conducción automatizada y la electrónica de vehículo, áreas en las que ha logrado pedidos por valor de unos 10.000 millones de euros. También ha anunciado un plan de inversión de 2.500 millones de euros en inteligencia artificial hasta 2027, tanto para desarrollo de producto como para mejorar la productividad interna.
Sin embargo, la propia compañía admite que este cambio de modelo tiene un impacto directo sobre el empleo. La movilidad basada en software es menos intensiva en mano de obra que la fabricación tradicional, lo que limita su capacidad para compensar los puestos que se pierden en actividades más maduras.



