El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca traerá consigo una serie de medidas que prometen transformar la industria automovilística, tanto en Estados Unidos como en Europa y China. Con una agenda claramente proteccionista, Trump se ha marcado como objetivo revitalizar la producción local mediante aranceles, incentivos fiscales y una reversión de las normativas medioambientales que podrían afectar especialmente al coche eléctrico.
Y es que el mandatario se ha propuesto devolver al motor de combustión el esplendor de otro tiempo, y para ello no sólo tratará de aumentar la producción local de vehículos gasolina y diésel, sino también reducir (o eliminar) las subvenciones a la compra de vehículos eléctricos, desviándose del programa de transición energética impulsado por la administración Biden. Una medida que, a priori, podría chocar con los intereses de uno de los hombres fuertes del nuevo ejecutivo, Elon Musk, aunque el CEO de Tesla dejaba clara su postura tras el anuncio de Donald Trump: “Una sorprendente cantidad de personas creen que Tesla sobrevive gracias a los subsidios. Eso es cierto en el caso de nuestros competidores, pero no en el de Tesla”.
A partir de ahora, y atendiendo a las declaraciones del nuevo presidente, la política norteamericana girará en torno a los siguientes puntos en su relación al automóvil:
Aranceles y protección de la industria local
Trump ha manifestado en diferentes ocasiones (antes incluso de su vuelta a la Casa Blanca) su intención de equilibrar la balanza comercial automovilística. Según datos de la asociación europea de fabricantes de vehículos (ACEA), en 2022 los fabricantes europeos exportaron 740.000 vehículos a Estados Unidos, generando más de 37.000 millones de euros, mientras que las exportaciones estadounidenses hacia Europa apenas alcanzaron los 9.000 millones. “Esa unión de países que nos venden millones de coches, pero que no compran los nuestros”, como señaló Trump en campaña en clara alusión a Europa, serían las declaraciones previas a su propuesta de imponer aranceles a la importación de vehículos -se habla del 25% a los procedentes de Canadá y México y de hasta el 100% para los de China y Europa, aunque aún no hay nada decidido-.
Los fabricantes europeos, como BMW, Mercedes-Benz y Volkswagen, están entre los principales afectados. Estas marcas podrían enfrentar una importante caída en las ventas estadounidenses y verse obligadas a aumentar la producción local en Norteamérica. En España el impacto sería menor debido a la ausencia actual de exportaciones directas a EE.UU., aunque marcas como Cupra podrían ver comprometidos sus planes de entrada al mercado estadounidense. Cupra, cuya producción del modelo eléctrico Tavascan se lleva a cabo en China, podría encontrar aún más barreras para acceder a Norteamérica si los aranceles se aplican también a vehículos de origen chino.
Europa también deberá enfrentarse a un cambio potencial en su relación con Estados Unidos si estas medidas se consolidan. Alemania, que produce más de la mitad de los coches exportados desde la Unión Europea a EE.UU., podría sufrir un impacto especialmente relevante. La industria alemana, que ya está lidiando con recortes y ajustes internos debido a la transición hacia el coche eléctrico, ha solicitado a la Comisión Europea que incremente los esfuerzos diplomáticos para evitar un enfrentamiento comercial con Trump.
Y es que una nueva guerra comercial podría ser la estocada definitiva para una industria, la alemana, que se enfrenta a paros en la producción, cierre de fábricas y despidos masivos, tanto en fabricantes de vehículos -el caso de Volkswagen es el más claro- como en empresas de la industria auxiliar, como Bosch o Schaeffler. Quizá por eso todos los partidos políticos que concurren a las Elecciones Generales del mes de febrero llevan en su programa medidas para flexibilizar la transición energética y apuntalar así el empleo y la industria nacional.
El coche eléctrico, en la cuerda floja
La política proteccionista de Trump también apunta al coche eléctrico, una tecnología que podría verse relegada frente a los vehículos de combustión tradicionales. “Vamos a acabar con ese mandato del vehículo eléctrico para salvar a los trabajadores de este país. Vais a poder comprar el coche que queráis”, declaró en su discurso de investidura.
Entre las medidas propuestas, destaca la eliminación de las ayudas a la compra de coches eléctricos, que actualmente alcanzan los 7.500 dólares. Este cambio, junto con una posible relajación de los estándares de emisiones, podría desacelerar la transición hacia la movilidad sostenible. La industria estadounidense, liderada por fabricantes como Tesla, podría enfrentar una nueva dinámica en el mercado local, ya que el apoyo gubernamental estará redirigido hacia la producción de vehículos de combustión, aunque como hemos visto, no es algo que preocupe especialmente a Elon Musk, que quizá pueda aprovechar esta oportunidad para eliminar de un plumazo a sus rivales menos competitivos.
En Europa, Bruselas podría responder reduciendo las presiones regulatorias sobre los fabricantes para cumplir con los objetivos climáticos de 2035 toda vez que las previsiones no se están cumpliendo (en 2024 se vendieron en la Unión Europea menos coches eléctricos que en 2023, como analizamos en este otro artículo). Tras una década de inversiones multimillonarias en el desarrollo del coche eléctrico, la caída en la demanda y el nuevo escenario internacional podrían llevar a una revisión de las políticas ambientales.
Porque mientras China subvenciona a su industria y Estados Unidos anuncia medidas proteccionistas para sus marcas locales, Europa sigue instalada en «la política del palo», como denunciaba recientemente Marta Blázquez, presidenta de Faconauto. Puede, por lo tanto, que la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca termine por remover los cimientos también en Bruselas.
Estrategias frente al proteccionismo
Para mitigar el impacto de los aranceles y mantener su competitividad en Norteamérica, las automovilísticas europeas podrían optar por potenciar sus plantas de producción en suelo estadounidense, como ya están explorando las marcas chinas en Europa para esquivar las sanciones de Bruselas. Esta estrategia podría beneficiarse de los incentivos fiscales y regulatorios prometidos por Trump, como la reducción de impuestos y de los costes energéticos.
Mientras tanto, la Comisión Europea ha anunciado un “diálogo estratégico” con la industria del automóvil para “salvaguardar el futuro de un sector vital para la prosperidad europea”, señala. Este esfuerzo será liderado por Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión. La primera reunión está programada para el 30 de enero y contará con la participación de fabricantes, proveedores y sindicatos.
China en el punto de mira
El veto a los vehículos y componentes chinos también está en la agenda de Trump. Bajo esta medida, que podría entrar en vigor en 2027, se prohibirá la importación y venta de coches fabricados en China, así como aquellos con software o hardware desarrollados por empresas chinas. “La presencia en las cadenas de suministro de adversarios extranjeros representa una significante amenaza”, indicó la Casa Blanca.
Esta decisión podría desencadenar represalias por parte de China, afectando a fabricantes como General Motors y Ford, que dependen en gran medida del mercado asiático. China, como uno de los mayores mercados de automoción del mundo, representa una fuente crucial de ingresos para varias marcas estadounidenses, por lo que no sería de extrañar que ambas potencias terminaran encontrando un punto de acuerdo del que Europa quede excluido por el poco peso de las marcas americanas en el mercado comunitario.



