La periodista de AUTOPOS María Ruiz Solás conoció a Yolanda Villarejo en una tertulia de mujeres del sector y enseguida comprendió que su historia era diferente y también que, detrás de su apariencia sosegada y sencilla, había una historia de lucha y superación que merecía ser contada. Así que se puso manos la obra y la contó, haciéndole protagonista de la segunda entrega de ‘Mujeres de posventa’, publicada en el número 90 de nuestra edición impresa.

La Puebla de Almoradiel es una pequeña villa de Toledo de algo más de 5.000 habitantes que vive fundamentalmente de sus viñedos, un entorno rural donde la vida transcurre tranquila, donde las tradiciones y las costumbres se conservan sin demasiados cambios y donde tal vez por eso algunas cosas no avanzan al mismo ritmo que en las grandes ciudades. Allí es donde soñó con abrir un taller alguien con una perseverancia y una paciencia admirables, una auténtica heroína que logró su objetivo a fuerza de rebelarse contra lo que no le estaba permitido por el hecho de ser mujer. Y no sólo consiguió que su sueño se hiciera realidad, sino que lucha cada día por mantener su taller a la altura de los tiempos que corren, tan cambiantes e inciertos. Ella es Yolanda Villarejo, propietaria de Talleres Jesviauto, administrativa y madre de dos hijos, y a sus 46 años recién cumplidos, todo un ejemplo de lo que significa no rendirse.

Desde los doce años

Y es que la vida de Yolanda Villarejo ha estado ligada al taller desde su infancia, porque su padre, mecánico de profesión, reparaba vehículos en el patio de la casa familiar fuera de su horario laboral, algo muy habitual en aquellos tiempos: “Mi padre trabajaba en la Peugeot de Quintanar de la Orden (Toledo), que era donde vivíamos entonces, y por las tardes trabajaba reparando coches en casa con la idea de acabar montando un taller en nuestro pueblo. Yo tendría siete años por aquel entonces, y me encantaba salir a verle trabajar, pero él siempre me regañaba y me mandaba a casa, ‘que si eso no era cosa de niñas, que si me iba a manchar el vestido’… pero yo erre que erre. Recuerdo que mi padre tenía un cajón grande lleno de herramientas que me fascinaba y siempre le andaba preguntando para qué servía cada cosa, pero él no me lo quería explicar, ‘anda y no preguntes tanto’, me decía”.

Y es que su padre no tenía la más mínima intención de fomentar que su hija anduviera en asuntos tan poco femeninos, y sólo le permitió acercarse cuando por fin montó su propio negocio en La Puebla de Almoradiel, pero para algo muy distinto de lo que a ella le hubiera gustado: “En cuanto tuvo montado el taller mi padre me llamó para que le echara una mano con las facturas y las labores de oficina; entonces sólo tenía doce años, así que todas las tardes al salir del colegio me iba al taller: primero hacía los deberes y luego me ponía con las facturas, por supuesto a mano, porque entonces no había ordenadores. Pero lo que era el taller no me dejaba ni pisarlo”.

Hasta que el socio de su padre se dio cuenta de que ‘la niña’ era bastante espabilada y comenzó a enseñarle todo lo necesario para poder hacer mejor su trabajo: “Ángel, el socio de mi padre, fue el que me dijo que tenía que salir de la oficina y aprender para saber lo que tenía que facturar, así que empecé a preguntar, a estudiarme los libros con las piezas y los tiempos de reparación, a buscar referencias, a saber lo que era un filtro de aceite… Aprendí muchísimo por aquel entonces a pesar de mi padre, que seguía empeñado en quitarme las ganas: ‘No preguntes tanto que las piezas son todas iguales’, me decía (aunque yo sabía perfectamente que no era así), y que me quedara en la oficina”.

Un sueño cumplido

Cuando Yolanda terminó el colegio y empezó a estudiar Formación Profesional dejó un poco de lado el taller al que ya solo acudía los sábados por la mañana para resolver lo que podía: “Cuando empecé a estudiar para administrativo me surgió la oportunidad de trabajar en una gestoría por las tardes, así que al taller ya sólo iba los sábados, y cuando terminé mis estudios me marché definitivamente. Trabajé primero en una tienda de muebles, luego en una empresa textil y por último en una empresa de construcción, siempre llevando temas administrativos y de organización de oficina”.

Pero reconoce que no le acababa de gustar lo que hacía y que echaba de menos el taller. Por suerte el destino quiso pronto que las cosas cambiaran: “Cuando a mi padre apenas le quedaban unos años para jubilarse se separó de su socio, y como mi hermano trabajaba con él pensaron que podían montar ellos su propio taller. Entonces vinieron a buscarme”.

Para entonces Yolanda ya tenía una edad y una experiencia profesional que hizo valer: ya no se iba a conformar con recibir órdenes sin participar de las decisiones, así que impuso sus condiciones: “Tenía claro que si me metía en esa aventura era para hacer las cosas bien y a mi manera, para dirigir y tomar decisiones, y tanto mi padre como mi hermano aceptaron mis condiciones, así que me puse manos a la obra”.

Y así fue como en 2005 el sueño de Yolanda se cumplió y pudo abrir su propio taller: “Me ocupé de todo; pedí subvenciones, hice todos los trámites y conseguí abrir el taller a tan solo cincuenta metros de mi casa. Todo fue bastante bien desde el principio: los tres teníamos experiencia, y yo muy claro el tipo de negocio que quería”.

Calendarios a la basura

Culpable de parte de ese éxito inicial fue Eloy del Olmo, de Recambios del Olmo (socio de Serca en la zona), como la propia Yolanda reconoce. Ha sido una especie de ángel de la guarda que la ha llevado de la mano siempre que lo ha necesitado: “Yo conocía a Eloy desde siempre, antes incluso de ser el gran proveedor que es hoy; por eso recurrimos a él en cuanto abrimos. Él fue quien me planteó pertenecer a la red SPG de Serca, un gran acierto que nos ha sido de gran ayuda desde el principio. A día de hoy no puedo estar más convencida de que uno solo no va a ninguna parte en este sector, y de que necesitamos que nos dirijan un poco, que nos den pistas de por dónde van las cosas. Conforme está hoy el mercado, solos no podríamos hacer buenas promociones, ni tener un buen programa informático que nos ayude a gestionar, sería imposible”.

“La primera vez que llegó uno de aquellos calendarios y me preguntaron que dónde lo ponían les dije que en la basura. No iba a consentir que una mujer entrara al taller y viera aquello allí”.

Pero igual de claro que tenía lo que quería también tenía lo que no quería: “Yo sabía lo que era trabajar en un taller muy a la antigua y que eso ya no servía. Para empezar la fijación que había con aquellos calendarios de mujeres que había en todos los talleres de entonces: la primera vez que llegó uno al nuevo taller y me preguntaron que dónde lo ponían les dije que en la basura. No iba a consentir que una mujer entrara al taller y viera aquello allí”.

Se acabó el taller de pueblo

Y es que a Yolanda le costó mucho que su gente entendiera que las cosas habían cambiado y que ya no podían seguir funcionando como antaño: “Cuando empezamos ellos asumieron mi dirección; mi padre y mi hermano se encargaban de la parte técnica y yo de la administración y la gestión del negocio. Tuve que cambiar muchos vicios adquiridos. Si salían a tomar café y se encontraban con algún vecino que quería llevarles el coche le contestaban que lo hiciera cuando quisiera… no entendían que las citas tienen que estar muy organizadas para que el trabajo sea rentable, que no puede ser que un día no salga el trabajo porque no das abasto y al día siguiente no factures ni un euro porque no tienes una sola cita”.

“Cuando empezamos con el nuevo taller ellos asumieron mi dirección; mi padre y mi hermano se encargaban de la parte técnica y yo de la administración y la gestión del negocio. Tuve que cambiar muchos vicios adquiridos”.

Porque para Yolanda todo es una cuestión de organización y de sentido común, dos virtudes que a su juicio son muy femeninas: “Yo siempre tiro de mi propia experiencia y aplico el sentido común. En la vida uno se tiene que organizar y nosotras las mujeres lo sabemos muy bien: si en tu casa nadie te hace la comida te tienes que organizar para hacerla, igual que para llevar a tu hijo al colegio, para ir a trabajar o para hacer las mil cosas más que tienes que hacer, porque si no, nada va a funcionar. En el taller es lo mismo, las citas tienen que estar organizadas, las piezas pedidas en cuanto das la cita para reducir los tiempos de reparación… Ya no podemos seguir siendo un taller de pueblo”.

De cero a la izquierda a jefa

Pero para poder imponer sus condiciones, Yolanda, como tantas mujeres, ha tenido que ganarse la confianza primero de los suyos y después de los demás: “Cuando ven que tomas las riendas y que las cosas funcionan todo cambia; esa es la mejor manera de callar bocas. En una ocasión le dije a un cliente lo que le pasaba a su coche y no quiso creerme; cuando mi padre hizo el mismo diagnóstico acabó pidiendo disculpas”. Y es que lo habitual era que cuando alguien entraba al taller preguntara por su padre o su hermano: “Siempre era igual, si entraban y no estaban mi padre o mi hermano se marchaban; yo era como un cero a la izquierda para ellos, la señorita de administración, la de las facturas, nunca me veían como la gerente”.

“Siempre era igual, si entraban y no estaban mi padre o mi hermano se marchaban; yo era como un cero a la izquierda, la señorita de las facturas, pero poco a poco han ido conociéndome y tratándome como lo que soy, y por fin me consideran la jefa, la que sabe, a la que no pueden engañar”.

Ella se lo tomaba con mucha paciencia: “No te puedes enfadar con tus clientes, así que piensas que no lo hacen con mala intención, que son sólo prejuicios y que ya se darán cuenta del error que cometen”. Y afortunadamente parece que su perseverancia ha dado sus frutos: “Poco a poco han ido conociéndome y tratándome como lo que soy. Al final el boca a boca es lo que funciona en los pueblos, y por fin me consideran la jefa, la que sabe, a la que no pueden engañar. Ahora sí voy sintiendo ese reconocimiento, pero he tenido que tener mucha paciencia”.

Atraer a las mujeres

Mucha paciencia y mucho trabajo desde el primer día: “Cuando abrí el taller, coche que entraba coche que me servía para aprender. Siempre he procurado empaparme de lo que había que hacer con la ayuda de mis mecánicos, y si no he cogido más una llave no ha sido porque no me hubiera encantado sino por falta de tiempo, y porque mi trabajo no puede hacerlo nadie excepto yo”.

Lo que sí hace son las cargas de aire acondicionado: “Como a mi hermano no le gustaba me animé yo. Se necesitaba un carné de manipulador de gas, así que me hice los cursos pertinentes y soy yo la que se ocupa”. Y aunque la formación es fundamentalmente para sus mecánicos (les envía a hacer dos o tres cursos al año por turnos) también ella ha hecho sus pinitos: “Cuando empezamos con los cursos, nada más abrir el taller, yo me iba con mi hermano, y mi padre se quedaba al cuidado del taller. Por supuesto era la única mujer que acudía, aunque nunca tuve ningún problema; yo creo que es porque pensaban que iba de acompañante y no me tomaban muy en serio. Una vez me dijeron que si estaba allí porque me aburría haciendo cuentas, pero yo ni caso, me sentaba, escuchaba, aprendía y disfrutaba muchísimo. De hecho, si pudiera seguiría haciendo cursos, pero desgraciadamente no me queda tiempo”.

Y no solo ha acudido a cursos, sino que incluso también los imparte: “Hace unos años se me ocurrió hacer un curso para mujeres y fue todo un éxito; de hecho mis clientas todavía me preguntan cuándo voy a repetir: creo que es muy bueno acercar a las mujeres a la mecánica, que se sientan capaces, que pierdan el miedo a acudir al taller, y siento que les encanta ver a una mujer en el taller llevando las riendas, que confían más y se sienten más cómodas”. Y se plantea hacer más en el futuro: Me encantaría dar más, ahora por ejemplo sería estupendo uno sobre aire acondicionado, pero mi problema es el tiempo”.

Sabor agridulce

Preguntada por si su trabajo le hace feliz, Yolanda se sincera dejando entrever las dificultades a las que se sigue enfrentando cada día: “Soy feliz, pero reconozco que tengo días, cuando todo sale bien me siento muy satisfecha con la vida que tengo y con lo que hago, es un lujo vivir a cincuenta metros del trabajo, poder tener a tus hijos cerca y escaparte cinco minutos cuando hace falta… pero otros me siento un poco desbordada; al final todos los problemas son para mí, y eso, en el día a día, te quema un poco y te cansa mucho: siento que todo el peso de mi familia y de mi empresa recae sobre mí. Es agobiante pensar que ni siquiera te puedes permitir enfermar porque cuando yo no estoy bien físicamente el taller no funciona. Esa sensación de que todo depende de ti, de que como flojees o pase algo todo se puede desmoronar, es agotadora”.

“Reconozco que cuando todo sale bien me siento muy satisfecha con lo que hago, pero a veces me siento un poco desbordada; siento que todo el peso de mi familia y de mi empresa recae sobre mí. Y esa sensación de que todo depende de ti, de que como flojees o pase algo todo se puede desmoronar, es agotadora”.

Y lo peor es que a veces los demás no se dan cuenta: “Mi hermano me dice que si él no trabaja en el taller yo no hago facturas, y yo le digo que si yo no le organizo el trabajo, tampoco habría nada que facturar”. Tal vez por eso se concentra en todo lo bueno que ha logrado, que es su mayor recompensa: “Tenía la ilusión de montar un taller, y lo he logrado; que estuviera cerquita de mi casa, y lo he logrado; poder llevar el negocio como yo quería, y lo he logrado; lo que me falta tal vez es que dejen de cuestionar mis decisiones y que realmente valoren lo que hago”.

En cualquier caso no se arrepiente de haber elegido este camino: “Tengo claro que esto es lo que me gusta, todo este mundillo, los coches, los recambios… A mí, por ejemplo, me encanta la Fórmula uno, pero no por las carreras, sino porque me imagino cómo sería estar allí, en esos boxes, con los ingenieros, entre motores y piezas”. Pero no es sólo que le guste, es que además se le da bien: “Disfruto cuando alguien trae el coche y soy capaz de decirle lo que le pasa; soy yo la que se mete en internet cuando la máquina de diagnosis da una avería que los mecánicos no conocen para identificarla, y la que sabe interpretar los esquemas de los fabricantes para poder hacer las reparaciones. Sé que esto es lo mío aunque a veces resulte muy duro”.

“Disfruto cuando alguien trae el coche y soy capaz de decirle lo que le pasa; soy yo la que se mete en internet cuando la máquina de diagnosis da una avería que los mecánicos no conocen para identificarla, y la que sabe interpretar los esquemas de los fabricantes para poder hacer las reparaciones”.

Competencia desleal

Pero Jesviatuo no es el único taller que hay en La Puebla, y a esa competencia desgraciadamente hay que sumar la actividad ilegal, otro de los grandes problemas a los que Yolanda Villarejo debe enfrentarse: “Los talleres que hay en el pueblo son todos independientes y, como siempre digo, ellos abren su puerta cada mañana como yo, pagan sus impuestos como yo, y tienen tantos derechos como yo. El problema lo tenemos con la competencia desleal, que es algo que me pone de los nervios, sobre todo porque nadie hace nada para remediarlo. Una vez denuncié a un taller ilegal, hice fotos y se las pasé a la asociación de talleres, pero ahí sigue funcionando, en una de las calles más céntricas del pueblo, y aunque yo ya tengo más de un cliente que ha venido a mi taller escarmentado por la mala experiencia, y creo que al final la gente se dará cuenta de lo importante que es que te den garantía, al final hacen mucho daño”.

Pero no es este el único problema al que se enfrenta un taller como el de Yolanda: “Además muchos clientes tienen la costumbre de acudir con piezas que compran fuera, y a los mecánicos les sigue costando mucho trabajo decir que no. Es una lucha permanente que tengo con ellos que a veces resulta difícil de sobrellevar”.

Respecto al futuro sólo espera poder continuar avanzando con los tiempos: “Para un taller como el mío ya es mucho conseguir mantenerse al día; soy plenamente consciente de que si no avanzamos con los tiempos tenemos muy poco que hacer”. Y se conforma con pequeñas inversiones que puedan ayudarle a mejorar el servicio: “Ahora quiero montar un paralelo porque hacemos neumáticos y quiero dar un mejor servicio, por lo demás seguiremos con la mecánica general, aire acondicionado, diagnosis, descarbonizadora, todo menos chapa, porque Quintanar está ahí al lado, y hay mucha competencia. A mí lo que me interesa es tener un buen taller especializado en mecánica, en la de ahora y en la que venga en el futuro, y estar preparada para saber enfrentarla”.

Armas de mujer

Para abrirse camino en un mundo tan masculino son indispensables las capacidades que Yolanda Villarejo aporta a su trabajo como mujer y como persona: “Si tengo que decir qué es lo mejor de mí, diría que mi visión de futuro, mi tenacidad, mi constancia y mi perseverancia. Creo que tengo capacidad para centrarme, para no dispersarme cuando surge un problema. Sé parar para pensar y para decidir qué es lo mejor y asumir las consecuencias; a veces es necesario perder para luego poder ganar”. Y confiesa que en ocasiones se siente un poco madre de todos: “Creo que al final el instinto maternal lo sacamos para todo, para organizar, para resolver, para luchar, para conciliar y hasta para consolar”.

“Insistir y mucha paciencia”, su consejo

“Cada vez me encuentro más mujeres en las reuniones, en los congresos del sector, y es muy gratificante. Hace poco por ejemplo conocí a una chica en un curso de Recambios del Olmo que me recordó un poco a mí en mis comienzos: tenía muchas ganas de hacer cosas, muchas ideas y mucho tirón, pero estaba algo desesperada porque su jefe no le hacía caso”.

Para esas mujeres que están en una posición similar en sus puestos de trabajo Yolanda Villarejo tiene un consejo: que no tiren la toalla y que no se acomoden: “Cuando no nos hacen caso tenemos que insistir y pedir oportunidades, porque llegará el día en que nos lo hagan y entonces podremos demostrar, no perdemos nada por hacerlo”. Es sin duda la historia de su vida: “Pueden no hacerte caso un día o al día siguiente, o al otro, pero cuando sabes lo que haces y lo que haces sale bien al final te acaban respetando. Eso sí, hay que tener mucha paciencia, y algunas veces callar y esperar a que llegue el día en que puedas decir aquí estoy y las cosas hay que hacerlas así, y entonces tendrán que reconocerlo”.

Yolanda Villarejo ha hecho algo muy importante: demostrar desde un pequeño pueblo de La Mancha que los talleres también son cosa de mujeres y que a las mujeres les gusta ser atendidas por mujeres, algo sobre lo que deberían de tomar nota los gurús de la posventa.

Elring

1 Comentario

  1. Enhorabuena Yolanda por tu trabajo, siempre es difícil como mujer manejarse por el mundo reivindicando la igualdad, pero en un sector como el tuyo aún más y tú has luchado por ello, ¡sigue adelante, valiente!

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