«Igual ahora ya tengo tu atención. Ahora me explico. Quizás te has quedado a la espera de disfrutar de mi suicidio público o quizás sea porque, en cierta medida, sepas que así es. Sea como sea, entiéndase este texto como una reflexión.
Llega el verano, se acaba la temporada de congresos, eventos, ferias y saraos varios, la cabeza en las vacaciones unos y en el volumen otros. Y a un servidor le da por hacer balance de lo vivido y leído en estos últimos meses. Ferviente convencido de que los talleres son como son porque la distribución es como es, me da por pensar sobre eso.
Hace pocos días se reflejaba una realidad y un optimismo en cifras concretas: crecimiento de un 7 % o un 9 % interanual.
La diversificación, innovación, sostenibilidad y digitalización como bandera.
Ahora son más fuertes, más concentrados, más diversos, mejores logísticos y más competitivos.
Sin embargo, por otro lado, hemos perdido pulmón: se han perdido 1.500 talleres en cinco años. El parque ha crecido, pero las visitas al taller han caído, y quien está al frente del taller se nos hace mayor y se acerca a su jubilación (tres de cada diez talleres se quedan sin capitán en siete años). ¿Quién viene después? ¿Cuántos jóvenes para refrescar?
Un parque envejecido no es sinónimo de taller boyante: es un monstruo de dos cabezas que se devora a sí mismo. El taller tiene más tapón, más entradas, más coches… y carteras más vacías.
Y visto lo visto, ¡que se preparen! Si los que llegan a la edad de jubilarse lo hacen, ¿el taller que quede puede gestionar un 30 % más de volumen?
Tenemos la suerte de ser una empresa independiente y de trabajar con unos y con otros. Por un lado, hacemos formación a equipos comerciales de la distribución y ayudamos a estos a generar organigramas sostenibles y a potenciar equipos; por el otro, trabajamos de la mano del taller en su desarrollo y en ser más empresas y menos reparadores.
Al preguntarles a los primeros: ¿el taller es rentable?, la respuesta al unísono: “Todos ganan mucho dinero”. Luego les pides que profundicen y acaban asegurando que sus clientes deben ganar mucho, pues les venden con muy buen margen y creen que “esconden mucho”.
«¿Qué necesitan de vosotros?». Y de nuevo, unánime: descuento y servicio.
Nos vamos a los segundos, al taller: ¿estás contento con tu rentabilidad? El 62 % dice que no; me atrevo a decir que el 80 % no sabe realmente cuánto de rentables son. De los que demandan nuestros servicios o acuden a nuestras formaciones, el 98 % pierde dinero con su profesión, con su conocimiento, con su mano de obra (unos 2.200 talleres al año de media, no es mala muestra). De esos, la gran mayoría se come 25 puntos de media del margen que les deja el recambio para pagar gastos fijos.
No hablemos del taller carrocero. Ese está en la UCI: sale al terreno de juego a intentar empatar el partido. Y cuando eso pasa… ¡el resultado casi siempre acaba en derrota!
Ok, preguntemos entonces al taller: ¿qué le pides a tu distribuidor? La respuesta: ¡servicio!
Profundicemos entonces. ¿Servicio es precio? El taller menos profesionalizado dice que sí, junto a la rapidez de la entrega. Bien, ese es el taller que lo tiene más crudo.
El que todos queremos que sea imagen y futuro del sector, ¿qué nos dice que para él es “servicio”? Pues acompañamiento, asesoramiento y soporte. Que no me suelten el programa de gestión y me tenga que apañar solo, que me ayuden a vender, que me asesoren sobre mi negocio y el sector, y que me den formación y herramientas.
En resumen: las buenas cifras de unos, las mejorables de otros, los esfuerzos en vano por ofrecer y el poco aprovechamiento nos han llevado a plantear este artículo. La conclusión: las dos partes del sector están en distintas orillas del río. Vivimos y nos alimentamos de él, ¿pero el puente que une ambas orillas es bidireccional y a prueba de futuros terremotos?
Nos necesitamos unos a otros. Pero si unos celebran prosperidad y un futuro lleno de retos apasionantes, y el otro sufre un infarto en su rentabilidad, nos vamos a distanciar. Y eso merece una profunda reflexión».



