En menos de diez años han conseguido lo que podría costar toda una vida. Satori Garage es hoy uno de los grandes referentes de la reparación de carrocería en Navarra, algo que se respira nada más cruzar las instalaciones de su enorme taller de Orcoyen, a cinco kilómetros de Pamplona, donde cuentan con otro pequeño local en el que empezó todo: en total, más de 8.000 metros de instalaciones en las que dan trabajo a casi medio centenar de personas. Han logrado crecer a base de empuje y sacrificio, desarrollando por el camino una filosofía empresarial que trasciende a lo humano. La historia de Félix Ripalda (45 años) e Íñigo Sevillano (36) es de esas que inspiran. Nos sentamos con el primero, que empieza por el principio: ponemos la grabadora y escuchamos con atención.
“Yo era bastante guerrero…”
“A mí siempre me ha gustado estar en la calle, he sido muy callejero (sonríe) Y durante muchos años he vivido el día a día, siempre a la máxima intensidad: como si se me fuera a acabar la vida al día siguiente. Es mi forma de ser, me sale de dentro. Necesito estar todo el rato haciendo cosas, continuamente. Si esa energía de joven nadie te la encauza, si nadie te asienta, pues a veces la empleas en las cosas equivocadas. Todo siempre dentro de un control, porque a mí nunca se me ha ido de madre. Pero sí, me llegaron a echar del instituto, que mi madre anduvo todo un verano en Educación para lograr que me readmitieran y poder terminar. Era bastante guerrero… hasta que me enderecé”.
“El cuerpo me pedía otra cosa”
“Yo siempre he tenido dos sueños: montar un taller o ser bombero. Por eso, cuando llegó el momento de elegir qué hacer después de la ESO entré en Donapea -un instituto de formación profesional- para hacer el grado medio de Automoción. Al terminar, con dieciocho años, entro en el concesionario Renault Unsain en Pamplona. Empiezo haciendo prácticas, no dejo de crecer, y entre otras cosas monto un equipo de carrocería rápida. Allí conocí a Íñigo (Sevillano, su socio): lo formé e hicimos una gran relación. Yo siempre le decía: ‘El día que haga algo, te buscaré’. El mismo día que me ofrecieron ascender a director de Posventa del concesionario, a los 34 años, dije que me iba. Quería hacer mi propio equipo, montar mi taller. El cuerpo me pedía otra cosa”.
“Lo tenía todo pero me faltaba algo”
“Más o menos al mismo tiempo de dejar el taller, me divorcié. Tenía 33, 34 años, no recuerdo exactamente. Me había casado algo más de un año antes: lo hice sin estar convencido, pero al final la rueda de la vida muchas veces te va llevando. Cuando me casé me intenté serenar. Compaginaba mi trabajo en el taller con un proyecto que creé con ella: un centro de fisioterapia muy potente, muy chulo, con fisios, dietista, yoga para embarazadas, etc. En teoría todo iba bien, lo tenía todo: mi casa de dos plantas, mi trabajo, un negocio, coches, piscina, caravana… lo tenía todo, pero me faltaba algo. No era feliz, no estaba a gusto con mi vida. Así que decido romper con todo”.

“Y de repente me redescubro”
“Me dediqué seis meses a mí, a conocerme. En mi entorno hubo preocupación, claro, se preguntaban qué me había pasado. Y lo que me pasó es que quise frenar la vida. Me aparté incluso de mi cuadrilla de amigos para subsanar otras cosas y me conozco a mí mismo. Leo mucho, medito, estoy conmigo mismo. Y hago cosas que jamás habría imaginado, como el yoga, por ejemplo, que para mí era de moñas (se ríe). De repente me redescubro. Tanto marca mi futuro aquella etapa que el propio nombre del taller proviene de entonces. Satori es un término japonés del budismo Zen que significa ‘comprensión’ o ‘despertar’. Una palabra que explica a la perfección aquel momento para mí”.
“Me preparo para mi siguiente etapa”
“En ese parón intento opositar para bombero. Iba a ser mi última oportunidad. Antes lo había intentado, pero con todas las obligaciones que tenía no había sido posible. Y me dedico a ello, paso las físicas pero en la teórica ‘pincho’. Pensé: ‘Ahora tengo que ir a fuego a por un taller’, que era la otra gran ilusión de mi vida. Y me vuelco: hago mis cursos, que yo no sabía manejar ordenador prácticamente para nada más que hacer presupuestos y sabía que lo iba a necesitar; hago cursos de Excel, me formo en asuntos fiscales y descubro el ‘coaching’. Digamos que me preparo para mi siguiente etapa y decido que toda la energía que tengo la quiero enfocar en un proyecto: en mi propio taller. En ese momento llamo a Íñigo y le cuento mis planes”.
“En abril de 2017 nacía Satori Garage”
“Encuentro un taller en Milanuncios y empiezo a negociar con el propietario. Es el taller que aún mantenemos en Pamplona. Nadie le veía el potencial que yo sí sabía que tenía. Estar en Renault me había dado mucha formación y de alguna manera me había abierto la mente. Yo quería crear un sistema de carrocería rápida y además pensaba en el concepto de taller como centro de movilidad: ser capaces de, aparte de recepcionar, reparar y entregar vehículos, convertirnos en un asesor global para el cliente. Y aquel taller era perfecto. Hice una oferta agresiva y al principio no ‘entró’… Pero pasó el tiempo y volvió a llamar. Entonces sí, sabía que íbamos a hacerlo: llamé a Íñigo y le conté la situación. En la negociación nos atascamos, pero él en ese punto me ayudó. Me dijo: ‘Félix, toca ceder’. En abril de 2017 nacía Satori Garage”.

“No teníamos dinero ni para tomar una cerveza”
Estuvimos los dos solos durante siete meses. Y dimos la vuelta al taller. Aquello era una cueva. Yo llevaba la recepción del cliente, los peritos, el teléfono, la chapa y él pintaba. Íñigo tenía que hacer mucho esfuerzo porque en la carrocería rápida, que era donde nosotros éramos más expertos, tocábamos la pintura pero no eran trabajos de tanto peso. Eso sí que nos daba un poco de vértigo. Era lo que menos dominábamos y no teníamos solvencia para pagar la nómica de un profesional. Empezamos con una mano delante y otra detrás, yo venía de un divorcio, no tenía un céntimo porque todo lo que tenía lo invertí para pagar mi piso en Pamplona. Quería tener la seguridad de tener mi casa pagada. Mi hermana nos dejó 20.000 euros, que lo recordaré siempre, y con eso tiramos. El primer mes no teníamos dinero ni para tomar una cerveza. Al inicio estuvimos más de cien días seguidos trabajando, catorce horas, y los tres primeros años sin vacaciones. Pero la ilusión puede con todo”.
“Buscar esa libertad, ese es el objetivo”
“Por ganas nunca pensamos en tirar la toalla al inicio. Esos momentos, que los hemos tenido, han venido después. Hemos crecido mucho y en algún momento esa rueda también casi nos atropella, no todo es bonito. Y lo pasamos mal, llevar un equipo no es nada sencillo, pero siempre han podido las ganas y ese objetivo de crear un equipo humano de trabajo, en el que haya buen rollo, en el que la gente gane dinero, y gracias al que seamos también cada vez más capaces de delegar para dedicarnos a lo que realmente nos mueve en la vida, que es vivir, viajar, hacer surf, ir a la montaña. El día de mañana, cuando cerremos los ojos, es lo que nos vamos a llevar. Por eso ahora lo que buscamos es alcanzar esa libertad, ese es el objetivo, quién sabe si incluso montando una cooperativa participada por trabajadores… Ya iremos viendo”.
“Viví un estrés inimaginable”
“Un año después de montar la empresa estábamos desbordados, así que entra la primera persona a trabajar -un hombre de origen cubano de nombre José Luis al que de forma cariñosa llaman ‘Técnico’: ‘Es como él llama a todo el mundo. Como no se sabe el nombre de nadie, ‘técnico’ por aquí, ‘técnica’ por allá’, cuenta sonriendo-. Y a partir de entonces no dejamos de crecer. En 2019 empezamos a montar un equipo y poco a poco se van incorporando al equipo muchos chavales de Iturrondo, un instituto con el que aún tenemos una gran relación. Sacábamos veinte coches a la semana en un local de 140 metros en un barrio con zona azul. Yo viví un estrés inimaginable: nos habíamos hecho expertos en ciclos de cabina, en sacar muchos coches, en optimizarlo todo… pero por pura necesidad. Era el momento de dar el paso, porque el taller se nos había quedado pequeño. Y no había llegado el COVID pero en aquella época la situación estaba complicada: muchos talleres se traspasaban, así que llamamos a uno para empezar a tantear. Hacemos una oferta pero el dueño de la nave no entra. Sin embargo, poco después llega el coronavirus y todo cambia. Nos llama: ‘Aquello de lo que hablamos, ¿sigue en pie?’. Ya teníamos la nave para dar el siguiente paso”.

“O nos vamos a una nave más grande o lo dejamos”
“En aquel momento decidimos dividir los equipos. Yo me quedaría en el taller pequeño creando un nuevo equipo e Íñigo se iría a la nueva nave con toda la gente que ya habíamos formado. Sin embargo, empiezan a surgir discrepancias en el equipo que se había ido a las nuevas instalaciones y el ambiente se enrarece hasta el punto de que hay dos personas que se quieren marchar de la empresa. Rachid y José, dos de los chicos que habíamos formado años antes. El primero se va, pero al segundo consigo convencerlo de que me haga el relevo, de que se vaya él a la nave de Pamplona, en la ciudad. Mi idea era acompañar a Íñigo en el taller nuevo mientras que utilizáramos el otro más pequeño para recepcionar coches y traerlos al polígono. Y empezamos a crecer, empezamos a crecer, cogemos dos naves, tres, cuatro… Una locura. Nos organizamos como podemos, pero es un caos, así que tuvimos una conversación Íñigo y yo: ‘O nos vamos a una nave más grande por tu salud y la mía o lo dejamos’. Y yo tenía claro que rompía. No pasa nada, no era la primera vez que empezaba de cero. Y es en ese momento cuando comenzamos a valorar la idea de irnos a un nuevo lugar donde tenerlo todo en una misma instalación. Y miramos, y miramos… Desde 2022 hasta 2024 negociamos todo lo que había en Pamplona y alrededores que pensábamos que podría servir para nuestro proyecto”.
“Esto es muy gordo”
“En 2023 fue la primera vez que yo mantuve un contacto con los por entonces propietarios de la nave donde hoy tenemos el taller. El precio no llegaba a los dos millones de euros, pero los rondaba. Se nos iba de madre. Sin embargo, como siempre, hago, hice una oferta agresiva para bajar entre un 40% y un 30%. Lo teníamos todo estudiado, pero era una apuesta importante y no era fácil encontrar la financiación, así que fuimos a Elkargi -una sociedad de garantía que podría hacer las veces de avalista- , que ya nos conocía porque cuando empezamos con la empresa lo hicimos de su mano. Y les contamos el proyecto: ‘Está muy bien trabajado, peo esto es muy gordo’, vino a ser su respuesta. ‘Por eso estamos aquí’, fue la nuestra. Ellos conocían nuestro crecimiento y vieron la rentabilidad de nuestra empresa, les hicimos ver que nuestro proyecto era caballo ganador y nos dieron el visto bueno. Con su apoyo todo el proyecto veía luz verde”.
“Siempre había querido trabajar con Glasurit”
“Cuando antes de poner en marcha Satori Garage me fui del concesionario Renault Unsain, intenté poner en marcha un proyecto con el propietario de un taller que me dijo que se iba a jubilar y que su idea era que yo me quedara con el negocio… pero me engañó. Para emprender aquel proyecto capitalicé mi paro con Lizagar, que casualmente hoy es nuestro proveedor de pintura. Yo siempre había querido trabajar con Glasurit, pero por diferentes circunstancias no habíamos podido hacerlo. Cuando comenzamos el proyecto para traer el negocio a estas nuevas instalaciones, necesitábamos un apoyo económico extra para culminar la obra y terminarlo todo: Lizagar no era entonces nuestro proveedor de pintura, pero no dudó en brindarnos el apoyo que necesitábamos. Sin su ayuda no hubiéramos podido sacar este proyecto adelante, así de claro. Si a eso unimos que la pintura es de primerísimo nivel y que incluso hemos montado la máquina automática de mezcla ‘Daisy Wheel’, qué más se puede pedir. Hoy el 85% de la pintura que utilizamos es Glasurit… y más porque no podemos”.

“Es un proyecto muy potente y de futuro”
“El nuestro es un proyecto muy bonito cuando lo presentas a los grandes clientes corporativos. Yo voy aprendiendo de todas las reuniones que tengo, de escuchar a compañeros, etc. y creo que lo que hemos puesto en marcha es un proyecto muy potente y de futuro. Nosotros tenemos un precio de tablilla de 67 euros la hora mientras que otros talleres de la zona que pueden estar a nuestro nivel en instalaciones no bajan de los 100. Con las compañías tenemos una media de 50, 55 euros, y me parece más que acorde. A mí no me interesa ganar y ganar yo solo: nosotros queremos que nuestra gente tenga su nómina y que esto se vaya pagando. Yo soy muy hormiguita. Mi objetivo es que en cinco, seis, siete años… pueda decir ‘hasta aquí llegué señores’. Y poder marcharme tranquilo y vivir. Ese es mi objetivo y en ello estamos, creo que por el buen camino”.


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Conocí a Félix e Íñigo hace unos años en una reunión de una red de talleres y desde el primer momento me impresionó su proyecto a futuro y su visión empresarial. Han sabido entender la situación de la posventa y ofrecer soluciones sin dejar de lado la rentabilidad.
Inquietud, ganas de trabajar y de seguir aprendiendo. Mi enhorabuena a estos dos empresarios que estoy convencido de que les irá fantástico.