Desde que decidió seguir los pasos de su padre, Angélica Iglesias se ha enfrentado a barreras por el mero hecho de ser mujer. En su etapa de formación fue “la única chica” en los ciclos de mecánica, sin vestuarios ni baños habilitados para alumnas; ya en el taller, también vivió episodios de desconfianza: clientes que pedían “hablar con el mecánico” o “con el jefe” al recibir un diagnóstico hecho por ella. Hoy dirige su propio negocio, Bosquet Motor, de Huércal de Almería, y aún se topa con miradas incrédulas cuando proveedores o clientes nuevos descubren que la mujer mecánica al frente es la responsable de la reparación y del diagnóstico, incluida la electromecánica.
La cámara oculta que interpela al cliente
Para retratar esas situaciones, el equipo del programa de Canal Sur “Gente Maravillosa” recreó dos escenas habituales. En la primera, un actor llega para recoger su furgoneta tras una puesta a punto —con sustitución de pastillas de freno por desgaste— y se niega a tratar el asunto con una mujer. Aunque Angélica le explica que es la profesional que ha revisado el vehículo, el falso cliente exige que lo atienda “un mecánico de verdad”. El objetivo del programa era observar cómo reaccionaban las personas presentes ante ese comportamiento y si defendían la profesionalidad de la mecánica.
Reacciones que desmontan prejuicios
La primera en intervenir fue una clienta, que zanjó el debate con una idea simple: “No se trata de si es hombre o mujer, sino de si la reparación está bien hecha”. Su defensa fue clara: si el trabajo está correctamente realizado, “da igual” quién lo firme; incluso ofreció su propio coche para que lo reparara Angélica. La escena avanzó hasta convencer al actor de que probase el vehículo, momento en que se reveló la cámara oculta y se reconoció públicamente la actitud de la clienta.
En la segunda situación, un cliente que esperaba su turno alzó la voz contra el argumento del falso usuario: “Yo no entiendo de mecánica, pero lo que diga ella va a misa; si está aquí, es porque vale”. Cuando el actor insinuó que “los títulos se regalan” o que la profesional estaba “enchufada”, este cliente le acusó de tener prejuicios y complejos y exigió que fuera Angélica quien atendiera su propio coche. Al destaparse la cámara oculta, el hombre se emocionó y reconoció que vivimos en una sociedad con inercias machistas que hay que ir desmontando, gesto por el que el programa lo distinguió como “Gente Maravillosa”.
Un mensaje a las niñas que sueñan con el taller
Angélica explicó por qué aceptó ponerse bajo el foco de la cámara: quería que las niñas que ven el programa comprendan que no existen “profesiones de chicos o de chicas”, sino vocaciones y competencias. Su testimonio, hilvanado con escenas reales que muchos talleres reconocen, lanza un mensaje poderoso: la calidad de un servicio no depende del género, sino del conocimiento, la experiencia y el rigor con el que se ejecuta. En un sector en transformación —más digital, más conectado y con creciente peso de la electromecánica— cerrarle la puerta al talento por razones ajenas a la capacidad técnica es, además de injusto, ineficiente.
Profesionalidad por encima de estereotipos
La intervención de clientes y clientas en el reportaje deja una conclusión útil para el día a día del taller: la confianza se gana con transparencia, diagnósticos bien fundamentados y reparaciones solventes. Y eso es independiente de si quien recibe el vehículo es un hombre o una mujer mecánica. Normalizar esa evidencia es tarea compartida entre profesionales, distribuidores, formadores y, por supuesto, usuarios.


