Una aventura editorial que cumple 18 años

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Primer capítulo . Los comienzos. En este 2017 celebramos la mayoría de edad de Autopos. Y hemos pensado que estaría bien que esta vez nos tocara a nosotros ponernos al otro lado y dejar que los demás buceen en nuestra historia, con la misma generosidad con la que tantas empresas, a lo largo de los años, han desnudado su alma en lo profesional y en lo personal para nosotros. Lo que les cuento en este artículo es mi visión de esta pequeña y sencilla historia que nace de la ‘conversación’ ininterrumpida que Miguel Ángel Prieto y yo, María Ruiz, hemos mantenido durante más de veinte años. El texto está jalonado con las declaraciones de quien siempre ha sido y será el brillante abanderado de esta aventura, de quien nunca se dio por vencido, de quien jamás tuvo miedo al futuro por más incierto que pareciera, de Map. Por María Ruiz.

historiasLa aventura editorial de Autopos, al principio AutoPosventa, comenzó en 1999, cuando Miguel Ángel Prieto (Map) y  yo, recién casados y con nuestro primer bebé en casa, decidimos embarcarnos en la aventura de crear nuestra propia empresa.

La experiencia de ocho años de Miguel Ángel Prieto en el sector como director de las revistas Recambios y Accesorios y Nuestros Talleres, del grupo Tecnipublicaciones, fue, literalmente, el punto de partida;  y digo literalmente porque precisamente su salida de aquella empresa fue lo que propició que tomara la decisión de iniciar este nuevo camino.

Su proyecto era crear una empresa editorial, de prensa profesional especializada en posventa, para hacer publicaciones de calidad, muy diferentes a las que se hacían entonces en el mercado. Y su idea era que en aquel proyecto mandaran los lectores, como la mejor manera de poderles resultar útiles a los anunciantes, convirtiéndonos en una herramienta publicitaria realmente efectiva: “Cuando yo llegué a la prensa profesional en 1991 el concepto era ‘habla bien del anunciante para que el anunciante esté contento y se siga anunciando’. Pero yo era periodista. Y pensé que lo que tenía que hacer era ganarme la credibilidad de los lectores siendo honesto con ellos, y si conseguía lectores que creyeran en nosotros tendríamos anunciantes. Eso había sido así desde el principio, pero con la entonces AutoPosventa solo dependía de mí hacerlo como quería”.

Así que nos pusimos manos a la obra, y con un préstamo de tres millones de las antiguas pesetas, que nos avaló mi padre, tuvimos suficiente para empezar: alquilamos y reformamos un local en pleno centro de Madrid, justo en frente del parque del Retiro,  porque a menos de cinco minutos andando vivían mis padres, que durante aquellos primeros años fueron nuestra guardería, nuestro restaurante en pensión completa, e incluso nuestro hotel, cuando marcharse tan tarde para volver tan pronto a la mañana siguiente era una auténtica locura. Sin duda aquella generosidad  nos mantuvo a flote en muchos sentidos, especialmente a mí que, con un bebé en periodo de lactancia, me podía permitir el lujo, agotador, pero lujo al fin y al cabo, de acercarme a alimentarlo  cada tres horas y regresar al tr
abajo con mi conciencia de madre primeriza tranquila.

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 Acto de fe

Y lo primero que hicimos, después de ‘pensar’ el proyecto, fue empezar a visitar clientes. Map inició sus rondas llevando consigo sólo dos cosas: una maqueta de cómo podía ser la revista debajo del brazo y la vehemencia con la que se defiende un proyecto en el que se cree y por el que se está dispuesto a darlo todo. Armado sólo con eso, consiguió que mucha gente hiciera un auténtico acto de fe, y creyera sin ver y sin tocar en nuestro proyecto: “Iba con mis maquetas a ver a los clientes para que vieran el tipo de revista que queríamos hacer. Era solo un proyecto de, pero necesitábamos conseguir anunciantes desde el primer número porque era nuestra única posibilidad de financiación. Por eso, cuando por ejemplo Pilar Cuenca, de Lucas (no tardaría mucho en ser TRW) me contrató tres dobles páginas en las tres primeras ediciones de la revista no pude evitar llorar”.

Tenía mucho mérito, porque todo lo que contábamos era nuevo, nadie estaba haciendo nada parecido a lo que nosotros pretendíamos hacer, ni en la forma ni en el fondo; queríamos romper moldes: “Se trataba de ser diferentes en todo. En el formato, en el diseño, en el tipo de contenido, en las cosas que contábamos, en la manera de contarlas. Y queríamos hacer periodismo. Y periodismo es contar las cosas que no se quieren que se cuenten, porque contar lo que sí se quiere que se cuente es propaganda, aunque es lógico que en este tipo de prensa se busque un equilibrio. E introdujimos un lenguaje diferente, más directo, más fresco, como si lo estuviéramos contando y no escribiendo”.

Y en ese concepto editorial tan diferente que presentábamos no cabían tampoco los pequeños espacios publicitarios, tan de moda entonces, que complicaban la lectura, así que nos olvidamos de los faldones, las medias páginas o los cuartos de página. Otra apuesta arriesgada, pero habíamos dicho que lo primero eran los lectores… También teníamos claro que nuestra publicación estaría sometida al control de OJD, como de hecho así ha sido durante todos estos años: ni en los peores momentos nos hemos planteado dejar de controlar nuestra tirada y distribución, siendo también los únicos que así lo seguimos haciendo. El rigor, la seriedad y la transparencia también formaban parte de nuestra manera de ser y de hacer. Porque nuestros clientes merecen conocer en todo momento por qué están pagando.

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En cualquier caso, y como los de cualquier empresa que inicia su andadura, los comienzos fueron duros, empezando los dos solos con la ayuda de una administrativa para la facturación, que también nos pasaba las llamadas, y el apoyo de un redactor. Además, el modelo que planteábamos, basado en el compromiso con los lectores por encima de nuestros propios intereses económicos, podía resultar incomprensible para un mercado acostumbrado a otra cosa: “Los primeros años sufrimos la incomprensión de muchos, porque no entendían nuestra manera de hacer, qué intereses perseguíamos (porque siempre pensaban que había un interés detrás de lo que escribíamos). Les desconcertaba. Y no es de extrañar que fuera así en un mundo regido por criterios exclusivamente comerciales. Pero es que para nosotros el ganar dinero tenía que ser una consecuencia de hacer bien nuestro trabajo, y hacerlo bien era hacerlo de acuerdo a nuestros principios de honestidad con la profesión periodística, con nuestros lectores por tanto”.

 

Elring

1 Comentario

  1. He conocido vuestra aventura editorial 18 años más tarde, y ese empuje y chispa inicial se sigue notando. Felicidades.

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