Lo suyo no es una estrategia empresarial sino una forma de entender la vida: primero las personas, después los negocios. Así lo aplica siempre y sin excepción. Español y alemán al 50%, es un tipo que por lo menos sorprende. Empezando porque se marchó de su casa muy joven a pesar de allí tenerlo todo: “Quería saber lo que era ganar un duro”. Mochilero trotamundos siempre que puede escaparse un tiempo, ex jugador de la selección española de hockey en sus categorías inferiores, cuando se le conoce no queda más remedio que apreciarle. Es Walter Riegelmann, genio y figura.

Jugador de hockey

Nacido el 2 de abril de 1985 en Tarrasa (Barcelona), fue el pequeño de los dos hijos que nacieron del matrimonio entre Michael y Rosa. El mayor es Willy: Michael Wilhem oficialmente. Su padre, alemán, había venido a España muchos años antes cuando su familia decidió montar una fábrica textil en la que luego trabajó antes de entrar en 1982 a trabajar en las oficinas de . Su madre, murciana, de Puerto Lumbreras y orígenes muy humildes, llegó a Barcelona para estudiar enfermería. A su padre le debe su sociabilidad y carácter afable. A su madre, el valor que hoy le da a todo lo que tiene.

Tuvo una infancia feliz en una familia “sin grandes lujos”, pero en la que nunca faltó de nada. “Un trasto” de pequeño, pronto encontró en el deporte su pasión y una buena escuela de vida. Empezó jugando al baloncesto en su colegio, pero en las Olimpiadas de Barcelona 92 su padre le llevó a vivir una experiencia que le marcaría: “Él había sido jugador de hockey hierba, y Terrasa, donde siempre hemos vivido, era la subsede olímpica donde se disputaban los partidos. Un día me llevó a ver a la Selección y desde entonces quedé enamorado…”.

A su padre le debe su sociabilidad y carácter afable. A su madre, el valor que hoy le da a todo lo que tiene.

Y es que en Tarrasa se vive mucho el hockey (“hockey es Terrassa”, dice sonriendo), tanto que los niños van con los sticks a clase para jugar en el recreo y que algunos de los mejores jugadores españoles han salido de su escuela. Le enganchó tanto que por unos años vivió por y para aquel deporte. Empezó a jugar a los siete años, siempre como portero y siempre en la escuela de Tarrasa. Con 17 ya entrenaba con el primer equipo (en la máxima categoría nacional), viajaba con ellos y disputaba algún que otro minuto. Y un año antes debutaba en las categorías inferiores de la Selección Española, siendo uno de los canteranos más prometedores del club.

Sin embargo, lo que tan bonito parecía terminó por torcerse: “Estaba en un punto en el que necesitaba progresar. Y me llamó la selección alemana, que en hockey es lo más. Por entonces yo tenía el sentimiento alemán muy a flor de piel (hoy lo comparte con el español) y me encantó la posibilidad, pero debía irme a Alemania… y decidí quedarme”.

Y se buscó la vida

Algo se había roto, y poco tiempo después, cumplidos los 18 años, decidió que había llegado el momento de irse de casa: “La situación que viví en el deporte me hizo madurar a temprana edad, y quise saber lo que era ganarse la vida, valorar lo que era ganar un euro”.

A su madre, “como a todas” dice, aquello le cayó como un jarro de agua fría; su padre, sin embargo, quiso aprovechar la situación para darle una lección: “Él estaba convencido de que volvería a los dos días con el rabo entre las piernas”, recuerda Walter entre risas. Lo que hizo fue hablar con Suministros Homs, un buen cliente por entonces de Optibelt (que terminó cerrando al comienzo de la crisis): “Menuda faena me hizo… al día siguiente de decir en casa que quería independizarme, me llevó en coche a la central de Suministros Homs, en Igualada”.

Joan Homs padre le recibió y le enseñó las instalaciones. Trabajaría en el almacén. “Me preguntó que dónde iba a dormir y yo con toda mi inocencia le respondí: ‘!ah!, ¿no me habéis preparado nada?”. Le dijo que no: “Estoy seguro de que mi padre le había dicho que me lo pusiera lo más difícil posible”. Aun así le solucionó algo: “Un hostal con una habitación que daba miedo: tres por tres metros, un techo altísimo, baños comunitarios, todo oscuro… fatal”.

Llamó a su madre para contárselo: “Me decía que qué necesidad tenía yo de aquello, pero ya era cuestión de orgullo”.

Cobraba 600 euros al mes por media jornada en el almacén. También había empezado a estudiar Empresariales en la Universidad de Barcelona. Pero las cuentas no le salían: sólo el alojamiento se llevaba ya su sueldo. Y buscó algo más económico, terminando en una casa de una señora que vivía con su hijo: “Me trataban como uno más de la familia”. 180 euros pagaba cada mes. Allí estuvo durante los siguientes tres años.

Cumplidos los 18 años, decidió que había llegado el momento de irse de casa: “Quise saber lo que era ganarse la vida, valorar lo que era ganar un euro”.

En Homs pronto comenzó a tocar todos los palos. A los dos años entró en el departamento de Exportación: “Con Joan Homs hijo aprendí muchísimo: sabía cómo motivarme”. Tanto que decidió dejar la universidad: “Preferí volcarme en el trabajo porque me servía de mucho más que las clases. Dejé la carrera y empecé a estudiar dos masters a la vez: uno de técnicas comerciales y otro de dirección de márketing”.

A la familia Homs les debe mucho de lo que es hoy en día: “Ha sido la mejor escuela que he podido tener”. Aunque su padre siempre estuvo ahí: “Él me formaba desde la distancia, siempre lo hizo. Creo que cuando vio cómo salí de aquella situación en la que me metió (sonríe) debió sentirse orgulloso”. Incluso, pasados los años, cree que realmente fue él el que dirigía su vida: “Siempre he pensado que era yo quien hacía lo que quería, pero con el tiempo creo que en realidad era mi padre el que hacía conmigo lo que le daba la gana, el que me marcaba el camino que tenía en sus planes sin yo darme cuenta”.

“Siempre he pensado que era yo quien hacía lo que quería, pero con el tiempo creo que en realidad era mi padre el que hacía conmigo lo que le daba la gana, el que me marcaba el camino que tenía en sus planes sin yo darme cuenta”.

De Irlanda a Comarruga

La etapa en Homs acabó y pasó a trabajar en otro buen cliente de su padre, Optival, especialista en correas en Valencia: “Estuve allí año y medio y me sirvió para conocer otro tipo de empresa, muy especializada, con otro tipo de cliente, de menor volumen. Y yo prefiero clientes a los que poder mimar, que se sientan muy cuidados, y eso con volúmenes tan pequeños no es posible. Aun así aprendí mucho, fue una experiencia diferente”.

Se marchó. Literalmente: “Me di cuenta de que lo mejor que podía hacer para prepararme mejor era perfeccionar mi inglés, así que me fui un año a Irlanda. Allí estudiaba por las mañanas y salía por las tardes. La verdad es que me lo pasé muy bien”.

Optibelt

De vuelta a España, en el año 2012, se incorporó a Optibelt, aunque su padre, “uno de los más antiguos y respetados gerentes de delegación” que el fabricante alemán de correas tiene en todo el mundo, ya había intentado ficharle antes de su viaje a Irlanda.

Así que cuando Walter regresó ya le esperaba un hueco en la empresa que dirigía su padre: “Ya éramos referentes en España en vehículo industrial, obra pública, industria y otros sectores, pero en automoción apenas trabajábamos nada”. No siempre había sido así: “Regueira, Masanés, Impormovil, Mercauto o Gerstenmaier fueron algunos de los clientes en su día, pero cuando comenzó a extenderse el tema de los grupos la cosa se complicó”.

Y explica por qué: “Optibelt es una empresa tradicional que cree en colaboraciones a largo plazo con clientes estables con los que la colaboración es casi personal. La implicación digamos que es lo primero. Entonces los grupos no cuadraban demasiado bien en esa filosofía. Y además se unió la jubilación de quien era el responsable de automoción, José Gadea, un profesional muy reconocido y valorado, de modo que en España esa área de negocio quedó un poco en ‘stand by”.

“Optibelt es una empresa tradicional que cree en colaboraciones a largo plazo con clientes estables con los que la colaboración es casi personal. La implicación digamos que es lo primero”.

Él llegó con la idea de reactivarla, pero fue difícil: “Cuando empecé a visitar distribuidores apenas nadie nos conocía. Había incluso quien pensaba que éramos comercializadores, que no fabricábamos. Pero yo estaba muy convencido del producto y de lo que ofrecíamos, así que sabía que las cosas llegarían”.

El primer empujón se produjo en la edición 2013 de Motortec: “Lo preparamos muy bien e hicimos muchos contactos. Y aunque el recorrido no está siendo fácil, tenemos la suerte de poder ser muy pacientes”. Tiene su porqué: “Nuestra filosofía de trabajo nos lleva a valorar más las personas que el potencial de negocio que una empresa pueda ofrecernos en un momento determinado. Las empresas son las personas: tenemos que entendernos. La central no nos presiona, Optibelt es una empresa familiar y busca clientes que compartan nuestra filosofía, que cuiden y defiendan la marca. Queremos crecer con proyectos en común a largo plazo”.

No les va mal: “Hay distribuidores que han visto en nosotros una marca de calidad por explotar en ciertas zonas que les permite salirse de la oferta más habitual. Por eso no queremos saturar el mercado sino crecer sólidamente junto a nuestra distribución. El objetivo es conseguir estar en toda España y en ello estamos. Hoy en día el negocio de automoción pesa en nuestro negocio en España el 25%, cuando era prácticamente cero en 2013. Y en tres años pensamos alcanzar el 15% de cuota de mercado”.

Una última prueba

Todo parecía que empezaba a coger el rumbo que debía, pero la vida es como es y en 2015 le puso de nuevo a prueba. Después de haber superado una leucemia años atrás, su padre volvía a recaer, y Walter se vio obligado a coger las riendas de la empresa:Llamé a la central y les dije que lo teníamos todo controlado y que estaba encargándome personalmente de hablar con los clientes sobre esta nueva situación. Tuvieron las dudas lógicas, porque francamente en ese momento yo no tenía ni idea de la mitad de las cosas, pero vieron una buena respuesta por mi parte…”.

En 2015 la vida le puso de nuevo a prueba: después de haber superado una leucemia años atrás, su padre volvía a recaer, viéndose obligado a coger las riendas de la empresa: “Llamé a la central y les dije que lo teníamos todo controlado…”.

La suya, la de los alemanes, tampoco estuvo mal: “Tanto el señor Tillman Pittelkow (máximo responsable de Europa) y el señor Konrad Ummen (familia directa del fundador de Optibelt) me llamaron para que fuera a verles a Höxter (donde Optibelt tiene su central). Me preguntaron cómo iba todo y me dijeron que nos ayudarían en lo que hiciera falta. Son cosas que te hacen sentir orgulloso de trabajar en la empresa donde trabajo”.

Y con su equipo, Optibelt España, más de lo mismo: “Confiaron en mí y me echaron un cable muy grande. Sin ellos seguramente hubiera sido imposible. Les estoy muy agradecido”. Y es que se volcaron no solo con él, sino con su padre y la propia empresa: “Yo estaba a caballo entre el hospital y la oficina, así que tiraron del carro cuando era necesario. La situación requería de una marcha más y la pusieron sin preguntar”.

Su padre fue recuperándose y poco a poco volviendo a sus funciones. Nunca dejó de hacerlo en realidad: “Estando en el hospital me cogía el móvil y enviaba mails, llamaba por teléfono…”. Michael Riegelmann es el jefe y líder indiscutible de la empresa (así lo repite su hijo una y otra vez durante la conversación), pero su hijo ha demostrado ser capaz de ofrecer a la empresa un relevo de garantías… quizá sea cierto eso de que no hay mal que por bien no venga.

Casualidades de la vida

Cuando Walter Riegelmann nació su padre ya trabajada en Optibelt (desde 1982), aunque no en la función que desde 2001 desempeña al frente de la compañía en España. Pero lo curioso es cómo llegó Michael Riegelmann a la compañía. Y es que se encontró con su destino de golpe, un día cuando fue al hospital para recoger a su mujer, enfermera. Allí, un médico conocido le abordó para pedirle ayuda: “Estaba desesperado porque habían ingresado a un alemán y nadie lograba comunicarse con él”. Aquel señor, casualidades de la vida, resultó ser el señor Preising, enviado por la central de Optibelt para implantar su estructura en España.

Por entonces la fábrica familiar textil en la que trabajaba había cerrado (un año antes) y Michael Riegelmann se buscaba la vida como profesor de alemán. “El caso es que cada vez que iba a recoger a mi madre al hospital se pasaba por la habitación de aquel señor para ver cómo se encontraba, si necesitaba algo… Mi padre vio que estaba solo y quiso echarle una mano”. Y acabó encontrando el trabajo de su vida.

Elring

Dejar respuesta

Introduce tu comentario!
Introduce tu nombre
Información sobre protección de datos
Responsable: Market Version Press.
Fin del tratamiento: Controlar el spam, gestión de comentarios.
Legitimación: Tu consentimiento.
Comunicación de los datos: No se comunicarán los datos a terceros salvo por obligación legal.
Derechos: Acceso, rectificación, portabilidad, olvido.
Destinatarios: Tus datos se alojarán en los servidores de CDMON 10DENCEHISPAHARD, S.L. (UE).
Contacto: prensa@autopos.es
Información adicional: Más información en nuestra política de privacidad.